Así pues, bajamos hasta la 1ª planta y fuimos al aula asignada y allí nos sentamos como pudimos.
Expusieron varios grupos más que también lo hicieron, en mi opinión, muy bien. Como no sabía muy bien qué hacer me dediqué toda la clase a intentar copiar, más o menos, todo lo que había escrito en los power-point y lo que las chicas y chicos decían.
Me pregunto qué nota tendremos nosotras, espero que no sea demasiado mala y nos suba algo la media, no pido más.
No tengo mucho más que comentar de aquella clase. Como anécdota, una chica dejo su boli (amarillo, recuerdo) para firmar el parte de asistencia y al final anduvo por toda la clase y se perdió. Una historia trágica, ¿qué habrá sido de aquel bolígrafo? A mi fila no llego -estaba en la penúltima-, sin embargo fue la mujer de la fila de atrás la que denunció la desaparición. Así pues, ¿se prestó y desapareció en la última fila? ¿Lo prestó una chica de una fila más adelante y de alguna forma llegó a la última fila? yo, desde luego no lo vi. Lo único cierto es que la mujer que habló, sabía de quién era su propietario y que ella era quién lo había prestado? Pero, ¿por qué habría de prestar un bolígrafo? Y aunque lo hiciera, ¿por qué varias personas habrían de usarlo? Si yo lo prestara (de hecho, esa vez se lo presté a mi compañera de al lado), lo haría solo a una persona, porque así no te arriesgas a que desaparezca.
En fin, a estas alturas, con el fin de cuatrimestre acercándose y los nervios y agobios por los exámenes de enero justo después de las fiestas, se acentúa más y más nuestra astucia e instinto depredador. Nadie se lo pensará dos veces antes de robar un bolígrafo, un cuaderno, una agenda, o una cartera llena de billetes. Es lo que, durante el resto del año, yo denomino "picaresca española".
Con esta reflexión doy por acabada la entrada de hoy, la penúltima. La próxima será la única vez que vuelva por estos lares del averno.
¡Hasta la próxima!


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